Informalidad

La informalidad que nadie elige

09 de abril de 2026

Daniel S. Acevedo Sánchez

Socio de Ecija Tech, consultor TaxTech & LegalTech
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En el discurso público, la informalidad empresarial suele tratarse como sinónimo de evasión o de decisión deliberada de operar al margen de la ley. Y en muchos casos lo es. Pero en la práctica colombiana de 2026, existe otra forma de informalidad menos visible y mucho más extendida: la que surge no porque la empresa no quiera cumplir, sino porque cumplir de forma perfecta, simultánea y sostenida con todas las obligaciones vigentes se ha vuelto operativamente muy difícil. Podríamos llamarla informalidad técnica, y conviene empezar a hablar de ella con seriedad.

Hoy una empresa en Colombia debe atender al mismo tiempo obligaciones tributarias nacionales y territoriales, cargas laborales que cambian cada año, reportes regulatorios ante múltiples autoridades y arquitecturas formales de compliance como SAGRILAFT. No se trata de una obligación o de dos: es una acumulación que exige estructura, talento, trazabilidad y recursos. A eso se suma que muchas de esas normas no solo son numerosas sino también cambiantes, discutidas ante las cortes o sujetas a interpretaciones administrativas que varían según la entidad, el momento o el funcionario. El resultado es un entorno donde no siempre es claro qué está plenamente vigente, cómo debe aplicarse o cuál es el criterio definitivo.

Pero el problema real no está solo en conocer la norma. Está en implementarla. Interpretar correctamente, ajustar procesos internos, capacitar equipos, reportar a tiempo y mantener evidencia de todo eso requiere una capacidad operativa que no todas las empresas tienen, especialmente cuando el más del 90% del tejido empresarial colombiano está compuesto por micro, pequeñas y medianas empresas. En ese nivel, la complejidad deja de ser jurídica y se vuelve organizacional. Y es ahí donde aparecen los pequeños incumplimientos, las omisiones, los desfases de plazo y los errores que no responden a mala fe sino a limitaciones reales de capacidad.

Lo preocupante es que el sistema tiende a tratar todos esos incumplimientos como si fueran equivalentes. No siempre distingue entre quien evade de forma deliberada y quien falla operativamente en un entorno de alta exigencia. Esa falta de diferenciación tiene consecuencias: cuando el cumplimiento perfecto se percibe como inalcanzable o excesivamente costoso, las empresas empiezan a priorizar riesgos, a cumplir parcialmente o a tomar decisiones defensivas. No se trata de justificar esas conductas, sino de entender que el diseño del sistema influye directamente en el comportamiento empresarial.

La solución no es reducir la exigencia del cumplimiento. Es mejorar la claridad, la estabilidad y la operatividad del sistema en el que se cumple. Un marco regulatorio exigente puede ser perfectamente viable si es predecible, accesible y coherente. Un marco complejo, cambiante y fragmentado tiende a generar fricción, zonas grises y una informalidad que nadie eligió pero que el propio sistema produce.

El mayor riesgo para Colombia no es solo que existan empresas que no quieran cumplir. Es que el sistema termine generando condiciones en las que cumplir bien, de forma sostenida y razonable, se vuelva cada vez más difícil incluso para quienes lo intentan.