Juez

Ni juez perfecto ni algoritmo infalible

06 de julio de 2026

Gabriel Ibarra Pardo

Socio en Ibarra Rimon – Signature
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La imagen clásica de la justicia con los ojos vendados significa que los jueces deben ser absolutamente imparciales y decidir sin tener en consideración el poder, la riqueza, el origen, la influencia ni la condición de quien comparece ante ella.

Lo anterior no implica que la justicia deba ser ciega ante la realidad o los hechos, sino que debe resistir las influencias indebidas.

Sin embargo, no puede desconocerse que los jueces son seres humanos y que su juicio puede estar afectado por sesgos ideológicos, prejuicios culturales, presión social o mediática y muchos otros factores.

Autores como Danziger, Levav y Avnaim-Pesso planteanque la imparcialidad judicial es una aspiración, un deber, no una condición natural del ser humano. El juez no nace vendado frente a sus propios sesgos.

De allí surgen preguntas que cada vez se escuchan con mayor frecuencia en los foros sobre el impacto de la IA en el derecho: ¿No debería el debate desplazarse desde la defensa abstracta del “juez humano” hacia la búsqueda de una justicia menos imperfecta, más consistente y menos vulnerable a esos condicionamientos? ¿Puede la IAcontribuir a una justicia más consistente, rápida y menos expuesta a ciertos defectos humanos?

Quienes defienden una mayor intervención de la inteligencia artificial sostienen que un sistema bien entrenado podría revisar más información, comparar precedentes, detectar inconsistencias, reducir demoras y producir decisiones más uniformes que muchos despachos fatigados por la congestión.

La inteligencia artificial no se cansa; puede mantener consistencia, revisar grandes volúmenes de información ydetectar patrones que el juez humano no advierte. Lo anterior hace que esta herramienta resulte muy seductorapara la justicia.

No obstante, se debe considerar que la IA también puede reproducir sesgos bajo un ropaje matemático, operar de manera opaca, hacer inexpugnables las razones de una decisión y diluir la responsabilidad.

Su aparente neutralidad depende de los datos que la alimentan, de los criterios con que fue diseñada y de las variables que incorpora. Es decir, también es susceptible de sesgos y de una peligrosa ilusión de infalibilidad.

Por eso se debe evitar plantear el asunto como la disyuntiva entre elegir un juez con las limitaciones propias de un ser humano y un algoritmo infalible.

La administración de justicia requiere, por encima de todo, legitimidad, responsabilidad, comprensión del contexto, capacidad de responder institucionalmente y autoridad para actuar en nombre del Estado.

Aquí resultan especialmente iluminantes las reflexiones del humanista Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil, quien, en síntesis, concluye que no todo lo valioso puede medirse por su rendimiento inmediato.

Así, en el ámbito de la justicia, podría decirse que lo aparentemente “ineficiente”, escuchar, deliberar, dudar, ponderar, mirar el rostro de quien pide protección, puede ser precisamente lo que reivindica la dignidad humana.

La IA puede contribuir a una justicia más consistente, rápida y menos expuesta a ciertos defectos humanos, pero no debe sustituir la responsabilidad humana de administrar justicia.

De ahí que la perspectiva no sea una justicia deshumanizada, sino una justicia potenciada por la tecnología.

De la prolija literatura que se ha producido sobre el tema, la síntesis de esta discusión podría ser que la respuesta no está en sustituir la falibilidad del juez por una opacidad algorítmica. El quid está en cómo combinar la deliberación humana con la asistencia tecnológica controlada y sometida a una supervisión responsable.