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La IA se alquila. La memoria no

22 de julio de 2026

Hernando Castro Arana

Gerente de Innovación en Esguerra JHR
Canal de noticias de Asuntos Legales

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La conversación sobre inteligencia artificial en el mundo legal ha girado casi toda alrededor de la inteligencia. Si razona bien, si puede sustituir el criterio del abogado, si el juicio seguirá siendo humano. Son preguntas importantes, pero distraen de un hecho más incómodo. La inteligencia dejó de ser el diferencial.

Dos firmas que contratan la misma herramienta compran la misma inteligencia. El mismo modelo, el mismo razonamiento, la misma capacidad de análisis, disponibles por una suscripción mensual. Por primera vez en la historia de la profesión, una parte de la capacidad intelectual que una firma ofrece se volvió un insumo que se alquila. Y lo que se alquila no diferencia a nadie, porque el competidor puede alquilarlo mañana.

Además, lo alquilado es precario. En junio lo vimos de manera literal. Una orden del gobierno de Estados Unidos suspendió de un día para otro el acceso a los modelos más avanzados del mercado. Quienes los habían integrado en sus procesos comprobaron en cuestión de horas qué significa que la inteligencia sea prestada. Lo que no se alquila es la memoria.

Qué le dijo la firma a ese cliente hace cuatro años. Por qué eligió esa cláusula y no la otra. Qué aceptó esa contraparte, qué salió mal en una operación parecida y qué aprendió el equipo de ese error. Nada de eso está en ningún modelo, porque no está en ninguna fuente pública. Solo existe dentro de cada firma.

El problema es que, en la práctica, tampoco existe como memoria. Las firmas conservan documentos, no razonamientos. El concepto final muestra qué se concluyó, pero no por qué, ni qué alternativas se descartaron, ni qué preocupaba de verdad al cliente. Todo eso vive en la cabeza de quienes participaron en el asunto y se va con ellos cuando dejan la firma.

Las firmas olvidan. No por descuido, sino porque recordar siempre fue costoso. Documentar el razonamiento detrás de cada decisión exigía un esfuerzo que ningún asunto justificaba, así que resultaba más barato volver a aprender. El olvido nunca fue un descuido. Fue una decisión económica racional que ya no lo es.

Porque la inteligencia artificial cambió esa economía. Por primera vez, recordar puede costar menos que olvidar. Una firma puede capturar lo que aprende en cada asunto, organizarlo y ponerlo al servicio del siguiente. La experiencia que antes mejoraba solo al abogado que la vivió puede mejorar a toda la institución y quedarse en ella.

Hay una condición y no es tecnológica. La memoria de una firma no puede ser un depósito común donde todo se mezcla. El secreto profesional y la prevención de conflictos dividen ese conocimiento por clientes y por asuntos y esa división no se negocia. Decidir qué experiencia puede generalizarse y qué información debe quedarse donde nació es un juicio jurídico. Antes permanecía implícito porque la dificultad de encontrar la información lo hacía cumplir por sí solo. Ahora tiene que formularse expresamente. Y definirlo les corresponde a los abogados, no a quienes instalan la herramienta.

Por eso la pregunta competitiva no será cuál firma tiene la mejor inteligencia artificial. Todas tendrán acceso a modelos casi idénticos. La pregunta será cuál aprende más de cada asunto y logra que ese aprendizaje permanezca cuando las personas se van. Hoy, una firma puede decir con precisión cuánto facturó el año pasado. Casi ninguna puede decir qué aprendió.

La inteligencia ya se consigue con una suscripción. La memoria hay que construirla asunto por asunto. Una firma que compra la mejor inteligencia y no construye memoria no se está transformando. Está pagando por parecerse cada vez más a sus competidores.