La IA viene por los juniors (y otras fábulas modernas)
25 de junio de 2026Contenido
Cada cierto tiempo, el mundo de las firmas de abogados, las bancas de inversión y las Big Four se estremece con una profecía apocalíptica: la inteligencia artificial va a devorar a los juniors. En marzo de 2023, investigadores anunciaron con fanfarria que GPT-4 había superado el bar exam estadounidense. Ese mismo mes, un reporte de industria proclamó que el 44% del trabajo legal podía automatizarse. Voces autorizadas advirtieron que lo que produce hoy la IA es aproximadamente tan bueno como lo que haría un associate de primer año, un analista recién egresado o un consultor junior. Uno lee eso y no sabe si sentirse amenazado o aliviado de que la vara esté tan baja. En mi caso, que salí con cicatrices y criterio de una firma top tier, me atrevo disentir, con cariño, pero con firmeza.
Permítame situarle en contexto. Ser junior, ya sea en big law, en banca de inversión o en una Big Four, es una experiencia que combina, en proporciones variables, el estoicismo romano, la humillación creativa y una relación demasiado íntima con el Track Changes de Word. Recuerdo con esa nostalgia que filtra lo incómodo, ciertos documentos elaborados en noches sin dormir, documentos que uno entregaba con la íntima certeza de haber rozado la perfección jurídica, y que volvían a la mañana siguiente con el rojo del socio desplegado, con generosidad notable, sobre las primeras cinco páginas. Las que seguían, uno lo sabía sin necesidad de confirmar, no eran mejores; el corrector, a esas alturas, simplemente había desistido.
Traducciones de regulación financiera al inglés en doble columna, donde cada término técnico abría un abismo conceptual que había que cruzar con la elegancia de quien cruza un río en chancletas. El mismo abismo que enfrenta el analista que consolida un modelo financiero a las dos de la mañana o el recién egresado que formatea diapositivas que (en el mayor de los casos) nadie leerá. Se aprendía, claro. Pero a un costo que hoy clasificaría, con afecto y algo de distancia terapéutica, entre el carácter y el trauma.
Hoy, desde la comodidad del in-house, donde los correos son más cortos, el cliente es siempre el mismo y el socio que te marca en rojo resulta ser uno mismo, miro esos años con genuina gratitud. La firma me formó. Me enseñó a leer un contrato con paranoia productiva, a negociar con calma y a sobrevivir un due diligence de tres semanas con la dignidad más o menos intacta. No lo cambiaría. Pero tampoco le deseo a nadie el sufrimiento innecesario.
Y ahí es donde entra la inteligencia artificial. No como verdugo del junior, sino como lo que siempre debió existir: un colchón de amortiguación. La IA no reemplaza al associate, al analista ni al consultor recién egresado; es una herramienta que les permite trabajar más rápido, de la misma forma en que el acceso a bases de datos en línea no eliminó a las pobres almas que antes tenían que correr a la biblioteca. Si en mis tiempos hubiera tenido acceso a estas herramientas, el primer borrador no me habría tomado dos días sino dos horas, y esas horas restantes las habría invertido en entender por qué ciertas cláusulas existen y cuándo vale la pena pelear por ellas.
Redactar en inglés jurídico dejaría de ser una aventura lingüística de alto riesgo, donde cada oración amenaza con ofender al idioma de Shakespeare, para convertirse en un ejercicio de criterio y no de gramática. Sin la carga del trabajo mecánico, cualquier junior puede enfocarse antes en lo estratégico. Eso no es una amenaza para las profesiones de alto desempeño; es una aceleración del aprendizaje.
Y aquí, con la tranquilidad espiritual de quien ya no factura por horas y observa el partido desde la tribuna, me permito un momento de honestidad incómoda para ambos lados de la ecuación. Juniors, tomen nota porque esto no les va a gustar: un primer borrador generado con un prompt bien construido no es trabajo propio, es un punto de partida, y presentarlo como lo primero sin serlo, es una forma elegante de engañarse a uno mismo y, de paso, al cliente. Pero socios, con todo el cariño y el respeto que merece quien además de mantener al cliente alejado del precipicio con una mano, forman a los profesionales del futuro con la otra: hay que aprender a oler la IA. No hay otra.
El nivel de exigencia sobre el junior solo puede subir si quien exige sabe exactamente de qué es capaz la herramienta. Y eso, me temo, requiere usar la herramienta que por lo que veo, ha causado pavor.
Así que la próxima vez que lea que la inteligencia artificial va a acabar con los juniors, recuerde que en los años ochenta los procesadores de texto iban a hacer obsoletas a las secretarias, que hoy son más indispensables que nunca y que una década después, el e-discovery prometía vaciar los pisos de associates de medio Wall Street. Aquí seguimos todos. Algunos, eso sí, con más criterio del que teníamos y con una saludable desconfianza hacia cualquier tecnología que prometa reemplazarnos antes de entender lo que realmente hacemos.