Patria Milagro: el primer milagro es desenredar al empresario
21 de agosto de 2026Contenido
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Se habla de una Patria Milagro: de un país que por fin despega, que premia al que trabaja y que abre las puertas a quien quiere construir. Ojalá. Pero si el milagro también es para el empresario, habría que empezar por algo bastante básico: dejar de estorbarle.
Colombia tiene una paradoja difícil de explicar afuera. Constituir una sociedad puede tomar horas. Ponerla a funcionar, crecerla, transformarla o resolver un conflicto entre socios puede tomar años. Creamos empresas con facilidad y luego las dejamos a merced de un aparato que se mueve a paso de elefante. Leyes no faltan. El problema es que una cosa es lo que dice la norma y otra lo que el empresario encuentra en la ventanilla.
Miremos tres frentes. El primero, la formalización. La ley ha prometido simplificar una y otra vez (Ley 1429/10, Ley 1780/16, Ley de Emprendimiento de 2020). Sin embargo, el emprendedor sigue enfrentándose a trámites dispersos, requisitos sectoriales e información que una entidad vuelve a pedir, aunque ya repose en otra. El beneficio tributario sirve de poco si el costo real es el tiempo perdido y la asesoría necesaria para entender qué presentar y ante quién.
El segundo, las operaciones. Quien intenta una fusión o una adquisición sabe que el reloj manda. Las autorizaciones ante la SIC por control de integraciones son necesarias para proteger la competencia. El problema empieza cuando no hay certeza sobre los tiempos: el cierre se aplaza, los costos aumentan y algunos negocios se enfrían y terminan por no hacerse. Un comprador extranjero no distingue entre un trámite legítimo y uno innecesariamente lento, sólo ve que invertir en Colombia toma más tiempo del previsto y que nadie puede decirle con certeza cuánto más.
El tercero, los conflictos. La Superintendencia de Sociedades cumple una labor valiosa, pero está congestionada. Un desacuerdo entre socios que podría resolverse en meses puede tardar años, mientras una compañía viable permanece bloqueada. No es raro hallar sociedades en las que un socio desapareció hace años y aun así su participación paraliza todo. He escrito antes que a veces resulta más fácil divorciarse que separarse de un socio. No debería ser así, y arreglarlo no exige refundar el país, sino corregir lo que ya sabemos que no funciona.
Los tres casos muestran algo bastante menos sofisticado: muchas veces el problema no está en la ley, sino en cómo funciona el Estado. Hay trámites que podrían ser más rápidos, entidades que podrían coordinarse mejor y procedimientos que podrían simplificarse sin anunciar otra gran reforma.
Tampoco hace falta otra colección de anuncios sobre simplificación. Hace falta que los plazos se cumplan, que una entidad no pida lo que ya tiene otra y que los trámites que pueden resolverse en semanas no duren meses. Buena parte de eso no exige grandes presupuestos ni nuevas entidades; casi todo depende de querer hacerlo. Mientras tanto, el empresario que quiere cumplir es quien más sufre la demora.
Por eso, si la Patria Milagro busca de verdad al empresario, que su primer milagro no sea anunciar más apoyo al emprendimiento, sino dejar de castigar a quien ya está construyendo empresa. Que el Estado no aparezca solo al final, cobrando y autorizando, sino que se quite del camino cuando su única función es demorar.
Construir empresa no debería requerir subsidios ni privilegios. Bastaría con algo mucho más simple: que no le pongan el elefante encima. Ese sí sería un milagro.