Derecho

Cuarenta y dos abogados en la fila

04 de julio de 2026

Rodrigo Tannus Serrano

Socio de Tannus & Asociados

Canal de noticias de Asuntos Legales

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Hace unas semanas, más de cuarenta abogados de inmigración de veinte nacionalidades distintas nos subimos a un bus en San Diego rumbo a Tijuana. Estábamos en una conferencia internacional de derecho migratorio, y esa tarde teníamos algo distinto en el programa: cruzar la frontera nosotros mismos.

La entrada a México fue lo que muchos esperaban, aunque no del todo. Hubo preguntas, algunos nervios, la ansiedad inevitable de quien cruza una frontera, aunque lleve todos los documentos en regla. En menos de treinta minutos, cuarenta y dos abogados habían pasado al otro lado. La frontera, en esa dirección, se sintió manejable.

El regreso fue otra cosa. Dos horas de fila un domingo en la noche, en el cruce peatonal de San Ysidro, uno de los puntos fronterizos más transitados del mundo. Preguntas más detalladas, revisiones más cuidadosas, la incertidumbre de no saber cuánto iba a durar ni qué iba a encontrar cada uno al final. A nuestro alrededor, caras que conocíamos bien desde el expediente pero que raramente vemos así, de cerca: el asombro, el cansancio, el miedo de quien no controla lo que viene. Nosotros teníamos pasaportes, documentos, Global Entry, y aun así sentimos algo. El último integrante del grupo tardó más de lo esperado y por un momento pensamos que lo habían llevado a una segunda inspección. Cuando apareció, el alivio fue colectivo. En ese momento no fue gracioso. Con el tiempo se convirtió en la anécdota que todos recordamos, la de quien quería que le estamparan el sello en el pasaporte.

Tijuana nos dio más de lo que esperábamos. Estuvimos con Adolfo Dávila, documentalista mexicano que lleva años registrando la vida en la frontera. Escucharlo mientras veíamos el muro de cerca fue una experiencia distinta a leer sobre él. Y comimos ensalada César, que nació allí, en Tijuana, en los años veinte. No todo en la frontera es drama.

El contexto no podía ser más cargado. Estábamos en pleno Mundial 2026, con la selección de Irán entrenando en Tijuana porque no podía quedarse en territorio estadounidense, consecuencia directa del conflicto entre ambos países. No es solo una anécdota deportiva, es la imagen más concreta de lo que ocurre cuando la política migratoria, la geopolítica y el deporte colisionan en el mismo punto físico. Un equipo nacional clasificado a la Copa del Mundo, con visa en mano, obligado a cruzar la frontera todos los días para jugar un torneo que supuestamente celebra la unión del mundo. Sus jugadores podían entrar, sus hinchas no. Su cuerpo técnico, en muchos casos, tampoco. Para un grupo de abogados de inmigración parados frente al mismo muro, esa realidad no era abstracta. Era el trabajo de todos los días, convertido en imagen.

Lo que me quedó resonando no fue el muro ni las estadísticas. Fue la distancia entre lo que sabemos y lo que sentimos. Quienes estábamos en esa fila llevamos años explicando el derecho migratorio, redactando argumentos, construyendo expedientes. Pero pasar dos horas en esa fila, rodeados de personas que hacen ese recorrido cada semana porque es el único camino al trabajo, a la familia, a la vida que construyeron a ambos lados, pone las cosas en un lugar diferente.

No fue la primera vez que crucé una frontera, ni será la última. Pero hay algo en vivirlo rodeado de colegas que pasan la vida recomendando cómo hacerlo, en medio de uno de los momentos más tensos de la política migratoria estadounidense, que refresca la perspectiva y pone los pies en la tierra. Una cosa es estar del lado del consejo, otra es hacer la fila.