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Está por cumplirse un mes desde que el suroccidente del país sintió uno de los movimientos telúricos más fuertes de su historia. No vale la pena ya recordar lo duro que fue el momento, sino resaltar como todo el país se movilizó para ayudar a quienes más lo necesitaron. Qué orgullo ser colombiano y sentir que, en medio de las dificultades más recias, siempre vamos a encontrar una mano que nos sostiene.
Entidades públicas, privadas y la sociedad en general se volcaron a promover las ayudas inmediatas para la atención a los damnificados. Adicional, hoy ya vemos medidas de mediano plazo para la reconstrucción de las ciudades. Todo esto hay que aplaudirlo, celebrarlo y potenciarlo.
Sin embargo, por encima de la reconstrucción de las edificaciones caídas, debemos pensar en la reconstrucción de nuestra alma y de nuestro espíritu. La piedra angular del Valle del Cauca, Pereira y Chocó no debe ser de cemento, ladrillos, ni varillas. Debe serlo el amor y la atención al corazón de cada uno de quienes lo perdieron todo o, incluso, de quienes tuvieron “solo” pocas pérdidas materiales, pero que igual sintieron en carne propia el rigor y la inclemencia de la naturaleza.
Aprovecho esta columna para compartir algunos elementos que considero importantes en esta “reconstrucción desde el interior”:
1. Reconozcamos que fuimos afectados. Unos segundos después del terremoto supe que mis pérdidas habían sido “solo” materiales y eso me llenó de agradecimiento y de fuerza para salir a ayudar. Sin embargo, también me llevó a negar mi propia condición de afectado. Poco o mucho, pero perdí, y eso hay que interiorizarlo, asimilarlo y superarlo. No nos comparemos: es claro que muchos perdieron más que otros y para ellos toda nuestra solidaridad y ayuda. Pero eso no niega que nuestro daño también existió y que también hay que atenderlo. Solo en la medida en que somos conscientes de nuestra condición y posición, podemos superarla y avanzar.
2. Hablemos. Durante estas semanas he recibido intenciones de apoyo económico de muchas personas. Afortunadamente mis pérdidas no fueron muchas y por ello mi respuesta ha sido siempre la misma: “Gracias, no necesito nada material, pero esta llamada me permite contar lo que pasó y sentirme acompañado”. Qué importante y liberador es poder hablar de lo que nos ocurrió. Exteriorizarlo. Sin queja, pero con reconocimiento. A fuerza de repetirlo vamos exorcizando y sacando de adentro aquello que pesa y se encona cuando lo negamos o lo escondemos.
3. Sigamos haciendo comunidad. Si algo nos enseñó este sismo es que todos somos vulnerables y todos nos necesitamos. Los bandos, las divisiones y los sesgos pasaron a un segundo, tercer y último plano. Nos dimos cuenta de que podemos ayudar y podemos ser ayudados por quien está a nuestro lado sin importar sus creencias, posturas o pareceres. En medio de la diferencia surgió la unidad. Que esta intención de apoyo comunitario permanezca en el tiempo y sea la base de nuestra sociedad futura.
4. Cuidéminos: El sismo ya pasó. Pero el impacto seguramente sigue en nuestras mentes y corazones y ello necesita atención. En este punto quiero hacer un llamado especial a los empresarios y con ello a la sociedad entera. !Reconstruyamos desde adentro! Qué bueno fue ver tantas manos apoyando económicamente. No paremos, sigamos ayudando. Pero complementemos: que la mano no solo vaya al bolsillo, sino también al corazón. Acompañemos los procesos emocionales de nuestros trabajadores y enseñémosles a acompañar los de otros. En este momento no solo se necesita de lo material; también se necesitan guía en medio de la incertidumbre y compañía en los momentos de dolor que aún se viven al interior de cada hogar. Gerentes, líderes, equipos de Seguridad y Salud en el Trabajo y de Gestión Humana: hoy, más que nunca tenemos una responsabilidad de cuidado frente a nuestros colaboradores. La salud mental, en medio de esta contingencia es uno de los primeros pilares que debemos atender. Un trabajador que conservó su salario, que recibió auxilios económicos o incluso alguna licencia para atender la crisis, tuvo resuelto parte del problema. Pero si en las noches sigue sin poder dormir recordando el momento más difícil o sin saber cómo explicarle a sus hijos los que pasó, es probablemente un trabajador cuyo rendimiento no volverá a ser el mismo. Esto hay que reconocerlo, hablarlo y tratarlo en conjunto.
Puede que estas recomendaciones suenen aspiracionales. Pero una cosa puedo decir con certeza: la reconstrucción física de nuestras ciudades —por la que todos estamos trabajando— no será suficiente para nuestra sociedad futura. Primero debemos reconstruirnos por dentro.